CONFIANZA

Yo no voy al trabajo con un chaleco antibalas por si me disparan. Yo no salgo a la calle con un casco por si me tiran una piedra a la cabeza desde un balcón. No analizo la comida que me sirven en un restaurante antes de comérmela por si estuviera envenenada. Yo confío, confío en gente que no conozco, confío hasta el punto de poner mi vida en sus manos. Cualquiera podría apuñalarme al pasar por mi lado. Pero yo confío en que no lo van a hacer. Porque en la sociedad en la que vivo, el respeto a la vida es un valor fuerte y arraigado, matar es un acto que produce repulsa y rechazo, además de ser poco habitual. Tan poco habitual que a nadie le preocupa.


Pero yo no dejo la puerta de mi casa abierta. Yo no abandono mis bolsas de la compra en un banco de la calle y las recojo después porque no quiero cargarlas. Yo no dejo que los clientes se marchen sin pagar de mi negocio con la palabra de que volverán al día siguiente. En resumen, yo no confío en la gente que no conozco para que respeten mi propiedad o reconozcan voluntariamente el valor del servicio que presto. ¿Será que estos valores no están tan arraigados en mi sociedad?

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CORRUPCIÓN

Corrupción es hoy una palabra de actualidad. Ya hay suficientes espejos, desayunos, mañanas, ediciones digitales y otras que se hojean digitalmente enjuiciando el asunto y por lo tanto no nos sumaremos. No es que sea exagerado, la magnitud de lo ocurrido es tal que merece que se le dé bombo, platillo, gong y matraca; pero desde aquí lo que corresponde, la tarea de un diccionario, es hablar de definiciones.

Según la Real Academia de la Lengua Española, la corrupción es la “acción y acto de corromper”.  Remitiéndonos al verbo, destacamos su acepción de “echar a perder, depravar, dañar, pudrir”.

Conviene no olvidar qué estamos diciendo cuando usamos este adjetivo, desafortunadamente cada vez más frecuente. Cuando se tilda a alguien o algo de corrupto, se le está diciendo que está echado a perder, que está depravado, que está dañado, que está podrido. Esto es ser corrupto. Esta es la corrupción. La misma que ataca a los cuerpos cuando la muerte los devuelve a la tierra. La misma que genera una respuesta natural de asco.

Así, sin ataque, ni defensa, ni valoración, ni juicio; con simple lingüística nos pronunciamos desde aquí. Que no se banalice, que no pierda fuerza, que su significado, por habitual, no mengüe en gravedad. Que cuando se le diga a alguien corrupto, se le diga en plena posesión de su significado, desde todo su valor semántico. Que se deje caer sobre un nombre propio todo el peso de esta palabra.

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CABALLA

Hoy estaba viendo el Telediario (sí, Telediario, porque era en la primera) y en una noticia sobre pesca han aparecido unos cadáveres de pez o peces moribundos, no se distinguía bien. Ha dicho mi madre: “mira la caballa” y automáticamente yo le he contestado: “¿y cómo sabes que es caballa?”

Le ha extrañado la pregunta. Supongo que para ella era algo tan elemental como distinguir patos de gallinas, pero para mí, una generación más tarde, ya no. Me ha hecho pensar en cuánto conocimiento estamos perdiendo. Toda una legión de licenciados, diplomados y pronto graduados que no distinguen los tomates de pera de los de ensalada. Que no tienen ni idea de cuáles son las verduras de temporada. Que no reconocen árboles en el campo, ni sabrían en qué mes devolver una semilla a la tierra.

Con muchas ventajas, el trabajo se ha especializado y mientras unos se dedican a la producción de víveres otros ingenian (para eso son ingenieros) nuevas formas de comunicación, de transporte, de vida. Pero, ¿es tan positiva esta evolución que deja atrás algo tan básico como saber procurarnos nuestro propio sustento? Las lechugas empiezan a ser algo que simplemente se coge de la estantería del supermercado, sin más reflexión sobre su origen. Pocos relacionan ya los campos de trigo con las cajas de cereales. Para los niños, la diferencia entre una legumbre y un tubérculo es más un contenido de estudio que una realidad cotidiana.

A mí me gustaría que fuera posible avanzar en unas áreas de conocimiento sin retroceder en las que ya se habían consolidado. Me gustaría pasear por el campo y distinguir robles de encinas. Me gustaría saber cuándo plantar las semillas de limón que estoy germinando como buena licenciada en paro que busca ocupar su tiempo. De momento empezaré por, la próxima vez que vaya al supermercado, intentar reconocer la caballa.

CAMUFLAJE

Los debates sobre la conveniencia, el carácter ético o el significado del velo o hiyab con que las mujeres islámicas se cubren, prenden con facilidad. Abundan los argumentos a favor y en contra. Desde ambas partes se ofrecen explicaciones razonables y desde ambas partes se ofrecen explicaciones estúpidas.

De esta polémica que aquí no se pretende abrir, llama la atención la crítica que se hace al pañuelo por su función de ocultación de la mujer. Se les enseña a las jóvenes que no deben mostrar su cuerpo por motivos de honestidad y para que nadie excepto su marido (presente o futuro, incluso pasado) pueda disfrutar de su belleza. Se ataca el hecho de que la mujer islámica, cumpliendo los preceptos que marcan sus creencias, deba camuflar su cabello, la forma de su cuerpo, o incluso parte de su rostro en las variantes más radicales de esta religión.

Los términos no son del todo comparables, pero podemos decir que la mujer occidental, por el contrario, se precia de poseer plena libertad de vestuario y apariencia; de no subordinarse a imposiciones que le obliguen a esconder una determinada parte de su cuerpo.

La mujer occidental se considera plenamente libre, y con plena libertad se aplica tintes que oculten el color de su pelo. Desde su libre albedrío, utiliza maquillaje para esconder la edad de su rostro y cambiar la expresión de su mirada. Siempre como elección personal, se enfunda en fajas que transformen la forma de su cuerpo, contra la que a su vez suele luchar con múltiples productos y dietas. Voluntariamente, calza tacones que disfracen su estatura

Y me pregunto yo, ¿estamos realmente en condiciones de dar lecciones sobre el hecho de que el cuerpo de la mujer no debe de ocultarse? ¿Nosotras no vivimos camufladas?

COMUNICACIÓN

“-A mi padre lo mataron en la guerra cuando yo tenía nueve años. Mi madre quedó viuda muy joven y yo al ser la hermana mayor la tuve que ayudar.
– Mi madre murió del corazón. Mi padre se quedó solo con ocho hijos que criar.
– Yo a los once años ya trabajaba de criada en una casa. Me daban para comer migas sin aceite. Nunca puse un pie en la escuela.
– ¡Uy, ni yo! Iba al campo desde muy joven. Tampoco fui a la escuela. Ni sé lo que es un juguete.
-Jugar, así en la calle, yo no he jugado en la vida. Me fui a servir tan pequeña…”

No, esta entrada no habla sobre lo dura que era la infancia años atrás. Habla sobre la comunicación. Concretamente, sobre lo que no es comunicación. Esta conversación tenía lugar hace media hora en un centro de salud entre dos ancianos que esperaban para su visita al médico, igual que yo. Estos dos interlocutores han estado hablando durante casi veinte minutos, y yo, que estaba a su lado, creo que no se han dicho nada. Al menos no el uno al otro. ¡Se lo han dicho todo a sí mismos! Cada uno ha contado su historia, por turnos más o menos respetados. Ella empezaba el relato de su primer trabajo, él se superponía con el suyo. No se miraban. Estoy bastante segura de que no se escuchaban. Durante la intervención de una, yo diría que el otro preparaba su parte para intercalarla a la mínima pausa de la compañera.
Y no va esta reflexión contra las personas mayores que, con pocas oportunidades de recordar su importante y muy interesante pasado, quieren “hablar de su libro” en una sala de espera. Esto es sólo un ejemplo de un problema que ocurre a menudo y que he observado en muy variadas situaciones. Las personas, en el hablar cotidiano, muchas veces superponemos nuestros respectivos mensajes sin llegar a intercambiar información.  No escuchamos, esperamos nuestro turno para hablar de nuevo. Y esto no es comunicación.

 

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