CORRUPCIÓN

Corrupción es hoy una palabra de actualidad. Ya hay suficientes espejos, desayunos, mañanas, ediciones digitales y otras que se hojean digitalmente enjuiciando el asunto y por lo tanto no nos sumaremos. No es que sea exagerado, la magnitud de lo ocurrido es tal que merece que se le dé bombo, platillo, gong y matraca; pero desde aquí lo que corresponde, la tarea de un diccionario, es hablar de definiciones.

Según la Real Academia de la Lengua Española, la corrupción es la “acción y acto de corromper”.  Remitiéndonos al verbo, destacamos su acepción de “echar a perder, depravar, dañar, pudrir”.

Conviene no olvidar qué estamos diciendo cuando usamos este adjetivo, desafortunadamente cada vez más frecuente. Cuando se tilda a alguien o algo de corrupto, se le está diciendo que está echado a perder, que está depravado, que está dañado, que está podrido. Esto es ser corrupto. Esta es la corrupción. La misma que ataca a los cuerpos cuando la muerte los devuelve a la tierra. La misma que genera una respuesta natural de asco.

Así, sin ataque, ni defensa, ni valoración, ni juicio; con simple lingüística nos pronunciamos desde aquí. Que no se banalice, que no pierda fuerza, que su significado, por habitual, no mengüe en gravedad. Que cuando se le diga a alguien corrupto, se le diga en plena posesión de su significado, desde todo su valor semántico. Que se deje caer sobre un nombre propio todo el peso de esta palabra.

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