CORRUPCIÓN

Corrupción es hoy una palabra de actualidad. Ya hay suficientes espejos, desayunos, mañanas, ediciones digitales y otras que se hojean digitalmente enjuiciando el asunto y por lo tanto no nos sumaremos. No es que sea exagerado, la magnitud de lo ocurrido es tal que merece que se le dé bombo, platillo, gong y matraca; pero desde aquí lo que corresponde, la tarea de un diccionario, es hablar de definiciones.

Según la Real Academia de la Lengua Española, la corrupción es la “acción y acto de corromper”.  Remitiéndonos al verbo, destacamos su acepción de “echar a perder, depravar, dañar, pudrir”.

Conviene no olvidar qué estamos diciendo cuando usamos este adjetivo, desafortunadamente cada vez más frecuente. Cuando se tilda a alguien o algo de corrupto, se le está diciendo que está echado a perder, que está depravado, que está dañado, que está podrido. Esto es ser corrupto. Esta es la corrupción. La misma que ataca a los cuerpos cuando la muerte los devuelve a la tierra. La misma que genera una respuesta natural de asco.

Así, sin ataque, ni defensa, ni valoración, ni juicio; con simple lingüística nos pronunciamos desde aquí. Que no se banalice, que no pierda fuerza, que su significado, por habitual, no mengüe en gravedad. Que cuando se le diga a alguien corrupto, se le diga en plena posesión de su significado, desde todo su valor semántico. Que se deje caer sobre un nombre propio todo el peso de esta palabra.

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LIARLA

Hace unos días un informativo nacional cubría una noticia sobre la huelga general del pasado 29 de Marzo. El presentador, para describir unos incidentes que se habían producido en Barcelona, utilizó una expresión parecida a esta: “Los jóvenes se habían dado cita mediante las redes sociales para liarla antes de la manifestación”.

Me pregunto si soy la única a quien el uso de esta expresión le resultó extraño para su contexto, impropio. A pesar de ser usuaria habitual del término, que su majestad la Academia recoge con el significado de “organizar, armar un lío o ponerse en una situación comprometida”, a mí me chirrió.

Creo que es de vital importancia que medios de gran difusión y por tanto de amplia influencia extremen el cuidado en su manejo del lenguaje, en el estilo, pues moldean el uso que de él hacemos los ciudadanos e indirectamente imponen el modelo de habla culta a una sociedad (sociedad que, por cierto y por desgracia, lee poco).
Doy por perdida la esperanza de escuchar a un informador con una cadencia natural; hoy las frases con una entonación fuera de toda lógica comunicativa ya no nos sorprenden; pero el intrusismo de términos coloquiales sí sorprende y debe seguir haciéndolo. Al menos esa línea no se debe cruzar, o terminaremos escuchando noticias del tipo de “el presidente se ralló por lo que le había soltado el líder de la oposición y se piró del hemiciclo pasando de escuchar más movidas” (léase con las pausas y entonación más absurdas posibles para añadir verosimilitud).
LIARLA

IRREVERSIBLE

Cuando un coche deja de funcionar, porque una de sus piezas falla, el mecánico lo arregla y el automóvil vuelve a arrancar. La solucionabilidad del problema no depende del tiempo que tardemos en llevarlo al taller desde que se estropea. Cuando una red eléctrica cae, se subsana el fallo y se restablece el suministro. Una nevera, un microondas, una lavadora, un ordenador… Todos estos artilugios pueden volver a la “vida” tras haber parado. No es que todas las máquinas sean reparables. El asunto está en que, si existe apaño, pueden volver a funcionar tras su percance.
En los seres vivos, sin embargo, las averías son definitivas. Cuando un cuerpo humano deja de funcionar porque el corazón falla, no vuelve a ponerse en marcha aunque se le instale un corazón nuevo. Cuando la vida se apaga, es irreversible. En ocasiones no habría habido solución posible de todos modos, pero en otras sí. Una arteria obstruida que detiene la circulación sanguínea. Se desatasca, y a bombear. Sería tan sencillo…
Pero no. Nuestra vida es ininterrumpida, una función continua, una sola carga de batería desde que se nos desconecta del cordón umbilical. Un sólo encendido, un sólo apagado. La mayor de las consecuencias para el mayor de los aprendizajes: el valor de la vida.
Podemos crear personas, células, sondas espaciales. Podemos imaginar avances increíbles, eternas juventudes, cánceres erradicados. Pero, ¿quién predice la reversibilidad de la muerte? Intuitivamente, sabemos que hay algo en ella que no podremos controlar, que será cada vez más evitable, pero nunca reversible. Falta de oxígeno, daño de tejidos, paro cerebral… ¿O algo que escapa?

 

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